La agresividad es una característica psicológica. La violencia, un modo de acción. La guerra es un fenómeno político. Resulta inevitable referirse a Clausewitz: La guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas por otros medios. Es un fenómeno que debe ser estudiado con métodos psicohistóricos, si no queremos perder su complejidad. Es evidente que la guerra se ha utilizado para expandir el poder, para aniquilar al enemigo, para resolver conflictos, para vengarse. Pero navegando por mi Archivo encuentro información que me permite sospechar que en el corazón humano late una “pasión belicosa”.
Los humanos somos seres competitivos, movidos por un poderoso deseo de vencer, que se manifiesta en muchos campos: el deporte, los negocios, la política, la guerra. Incluso podemos buscar esa experiencia de forma vicaria. “No hay peor cosa -escribe Manuel Jabois- que ver un partido de fútbol sin saber quién quieres que gane. Es no tener una razón para vivir durante 90 minutos”.
La ebriedad en la lucha es una constante universal que a veces se acompaña de un “deseo de violencia”. Elbert y sus colegas informan que los niños soldados en Uganda perciben un atractivo fascinante en perpetrar violencia. Hacer daño o matar es una recompensa en sí mismo. Victor Neill lo generaliza a todos los humanos, lo que podría explicarse evolutivamente por nuestro pasado nómada. “Nuestro cerebro lleva la herencia de nuestra etapa de cazadores recolectores, el modo de vida de la humanidad en la mayor parte de la historia”, escribe Karen Armstrong. La caza y la guerra producían una experiencia transcendente. Homero ya celebró la emoción del combate, la alegría de la camaradería y la gloria de la excelencia cuando un guerrero se pierde a sí mismo en un “asalto victorioso” y se convierte en una fuerza irresistible que lo arrastra todo ante él.
“Muchos excombatientes, a pesar del peligro y de las penalidades, consideran la guerra como la experiencia máxima de sus vidas”
Encontramos algunas constantes en la pasión belicosa: vinculación con los compañeros, generosidad al exponerse por los demás, sensación de vivir con más plenitud. Chris Hedges ha descrito esa sensación. Es una situación de peligro, todos se unen en un esfuerzo supremo. Se sienten uno, como al construir monolitos. La guerra nos opone a otros, pero nos une a los nuestros. Muchos excombatientes, a pesar del peligro y de las penalidades, consideran la guerra como la experiencia máxima de sus vidas. Ya Tácito (55-120 d.C) señalaba que las tribus germánicas preferían “desafiar al enemigo y ganar el honor con las heridas al rudo trabajo”. Una experiencia tan repetida debe tener profundas raíces. “Si tuviera un pie en el paraíso -exclama Le Loherain- el héroe de una chanson de geste, lo retiraría para ir a pelear. El trovador Bertrand de Born, de noble estirpe, y a quien Dante representó en el infierno llevando ante si como una linterna su cabeza cortada- fue más explícito:
Mi corazón se hincha de gozo cuando veo
fuertes castillos cercados, estacadas rotas y vencidas,
numerosos vasallos derribados,
y cuando las huestes choquen, los hombres de buen linaje
piensen solo en hender cabezas y brazos.
Pues mejor es morir que vivir derrotado
El poema termina con un tremendo consejo: “¡Señores, hipotecad vuestros dominios, castillos y ciudades, pero jamás renunciéis a la guerra”! (Debo el conocimiento de este autor a los estupendos estudios de J.E. Ruiz Doménec). Esta belicosidad atraviesa los siglos. El 28 de julio de 1914, Winston Churchill escribe a su mujer: ”Todo tiende a la catástrofe y al colapso. Me siento interesado, listo para la acción y feliz, ¿No es horrible estar hechos de esta manera? Ruego a Dios que me perdone tan tremenda frivolidad”.
La euforia guerrera ha estado siempre acompañada de una postura ambivalente hacia la paz. Un veterano del Vietnam decía hablando de sí mismo: “Mientras estaba allí me sentía increíblemente vivo. Tal vez lo peor es vivir en tiempos de paz, sin rozar esas alturas. Odio lo que esas alturas representan, pero las amo”. La paz parece deseable, pero como una droga que adormece. Exploraré este extraño sentimiento en el próximo post.


