La democracia fácil es la que no desarrolla el pensamiento crítico y es por lo tanto una “democracia crédula”. Es también la que se basa solo en derechos y no en los correspondientes deberes, la democracia de la queja y la reclamación, pero no de la participación y es también la “democracia de las preferencias”. El problema está en que una democracia basada en las preferencias no puede proporcionar una idea coherente del bien común. Lo expliqué en el Panóptico 14, comentando el “teorema de la imposibilidad” de Kenneth Arrow. Daniel Innerarity, en “La democracia de los algoritmos” (EL PAÍS 7.8.2021) señala que en la “democracia algorítmica”, “nuestras preferencias son tomadas en consideración, pero se nos priva del momento de construcción deliberativa en el que esas preferencias no son meramente agregadas, sino que interaccionan con la otras. El problema de gobernanza algorítmica es que gracias a los algoritmos intervenimos en la expresión de preferencias e intereses, pero no en la construcción de una totalidad social deseable que nos habría permitido eventualmente modificarlos”. La democracia de los likes es demasiado elemental, emocional y manipulable. Fukuyama ha hablado de que la democracia puede fomentar una “felicidad blanda y fácil”, llevando incluso de dejar de valorar la libertad porque, como dice el título de una obra de Jean Paul Kauffman: La libertad es cansada (C’est fatigant la liberté).
La enseñanza de la historia sigue planteando problemas. En Estados Unidos una serie de Estados republicanos – Texas, Idaho, Oklahoma o Tennessee, entre otros- han prohibido que la enseñanza de la historia culpabilice a los ciudadanos blancos, promueva el resentimiento, o preste demasiada atención a las páginas negras de la historia estadounidense. Hay críticas al Proyecto 1619, publicado en The New York Times, e ideado por Nikole Hannah-Jones, que recibió el Premio Pulitzer por el ensayo introductorio a este proyecto. que "tiene como objetivo replantear la historia del país colocando las consecuencias de la esclavitud y las contribuciones de los afroamericanos en el centro mismo de la narrativa nacional de los EEUU. El Proyecto 1619 fue criticado por historiadores y políticos conservadores. El historiador David Blight, profesor de Estudios afroamericanos de Yale, de raza blanca, advierte que todo país tiene un pasado que hace sentir incómodo a sus ciudadanos. “El movimiento conservador lleva medio siglo intentando de forma intermitente hacer retroceder la enseñanza de la parte más incómoda de nuestra historia porque creen que nuestra obligación es formar patriotas; pero nosotros no educamos a los jóvenes para ser solo patriotas, los educamos para que entiendan mejor la sociedad en la que viven y eso les puede hacer mejores patriotas”. Según Thimothy Snyder, “la guerra contra la historia es una guerra contra la democracia”: “La historia no es una terapia y el malestar forma parte del proceso de crecer”.
El derecho a decidir

Elogio y refutación del pensamiento Woke
La economía china plantea un serio problema a los economistas. Tras los trabajos de la escuela austriaca, en especial de Friedrich Hayek, se admite generalmente que una planificación estatal de la Economía tiene forzosamente que fracasar porque no puede aprovechar el saber disperso del que dispone el mercado- es decir, el juego de oferta y demanda- que le sirve para orientar la producción y fijar los precios. Para funcionar correctamente, el mercado debe ser libre. Sin embargo, la economía de China está estatalmente dirigida en un país con libertad limitada, y, a pesar de ello está teniendo un éxito espectacular. En el libro "El gran sueño de China", su autor Claudio F. González considera que China aspira a gobernarse como una gigantesca empresa y estas son sistemas superjerárquicos, planificadores y poco democráticos. Esta es la tesis del libro de Phillips Leiegh y Michael Rozworski "The Peoples´s Republic of Walmart. How the World's Biggest Corporations are Laying the Foundation for Socialism (Jacobin)", (2019). La comparación entre las grandes empresas y los Estados no es disparatada. Walmart, la cadena estadounidense de supermercados, podría considerarse por su volumen la décima economía del mundo, detrás de Brasil. Con 2.2 millones de empleados, Walmart es el tercer empleador del mundo, detrás del ejército de EEUU (3.2 millones) y del ejército chino (2.3 millones). El éxito de estas grandes empresas (archiplanificadas, jerárquicas, no democráticas y con controles implacables) es un ataque a las teorías neoliberales. Por ejemplo, se dice con frecuencia que en una economía tan acelerada y competitiva las empresas necesitan empleados creativos. Esto es una media verdad. Si tomamos a Amazon como ejemplo, comprobamos que son dos empresas en una. Un prodigio tecnológico-que necesita formidables e inventivos técnicos- descansa sobre una masa de trabajadores no cualificados que lleva los pedidos a las casas. La polémica sobre la planificación y su eficacia económica (y de paso social y política) me ha hecho recuperar dos libros antiguos. Uno el clásico de Alfred D. Chandler "The Visible Hand: The Managerial Revolution in American Business" (1977) que critica el dogma de “la mano invisible” defendida desde Adam Smith por los economistas liberales, afirmando que es la acción de los directivos lo que ha cambiado el mundo de los negocios, y el interesantísimo de Johanna Bolckman "Markets in the Name of Socialism: The Left-Wing Origins of Neoliberalism" (2011) que recuerda que en los años 30 los economistas no oponían socialismo y mercado, ni planificación y competencia. De hecho, Leon Walras, una de las figuras claves de la revolución marginalista, fue un gran defensor de ambas cosas, el socialismo y la libre competencia. El economista británico H.D. Dickinson escribe: “El bello Sistema del equilibro económico descrito por Böhm-Bawerk, Wieser, Marshall y Cassel no es una descripción de la sociedad como es, sino una visión profética de la economía socialista del futuro”. El mismo Cassel, economista neoclásico, decía que la economía neoclásica ayuda al socialismo y el socialismo ayuda a la economía neoclásica. Para terminar, Kenneth Arrow, futuro premio Nobel de Economía, escribía en 1940 en “A Cautious Case for Socialism”: “El socialismo es la vía para lograr el mercado perfecto”. Sólo más tarde socialismo y mercado se consideraron opciones contradictorias. Desde el Panóptico observo intrigado si lo que está haciendo China no es innovar sino volver a viejos maestros.
Los actuales movimientos migratorios me producen un angustioso desasosiego intelectual. Contemplo el sufrimiento y la muerte de miles de personas y no tengo ideas claras sobre cuál puede ser la solución. Es cierto que las naciones ricas pueden absorber una gran cantidad de inmigrantes que pueden incluso mejorar sus economías, pero los gobernantes de muchos países se niegan a aceptar esa solución. Otra posibilidad es intentar mejorar las condiciones en los países de origen, para aminorar el deseo o la necesidad de emigrar. Incluso se habla de una especie de plan Marshall para África. Pero la principal causa de las migraciones, aunque sea económica, en el fondo es política. Regímenes dictatoriales, instituciones precarias, sistemas educativos pobres, estructuras sociales discriminatorias, violencia armada, guerras civiles, persecuciones, no permiten el desarrollo económico ni una ayuda extranjera eficaz. L’Express se pregunta: ¿Qué modelo de inmigración para la Francia del siglo XXI? Se enfrentan dos modelos: asimilación e integración. La asimilación supone abandonar las costumbres del país de origen y aceptar los del país receptor. La integración es menos exigente: Solamente se le exige respetar la ley. El debate sigue abierto.
Toboganes políticos

